Gäel se había marchado
sin mediar palabra con nadie. Karl, Nessa y yo nos levantamos a toda
prisa, decididos a seguirle tras despertar de nuestro asombro, ya que
nos habíamos quedado embobados mirando cómo se iba sin más. Sin
embargo, dejé que ellos se adelantaran para pedirle perdón a la
dueña de la casa.
-Disculpe por lo que ha
hecho Gäel, cuando volvamos nos encargaremos de arreglarlo...
Al segundo de haber dicho
mi disculpa, aquella mujer consiguió reaccionar y me detuvo.
-¡O-Oye! ¡Espera! - Me
giré sobre mis pasos y la miré - Dime... ¿Cómo... Cómo se llama
tu amigo? El que me ha roto la puerta...
-¿Eh? Pues... Gäel...
Se llama Gäel J. Reimon. ¿Pasa algo... ?
La mujer, con cara de
asombro, pronunciaba en voz baja su apellido, “Reimon, Reimon,...
”, como si estuviera bajo los efectos de una fantasmagórica
posesión. De repente, sonrió, cerró los ojos y, poco a poco,
comenzó una risa en crescendo que acabó en una gran carcajada. Yo
no entendía si había dicho algo que le hiciera gracia o si se había
vuelto loca, pero al cabo de unos segundos, una vez recompuesta de
tanto reírse, por fin, aclaró, apenas nada, el motivo de su
hilaridad.
-Reimon... hahahaha.
Cuanto tiempo sin oír de ese nombre. Qué recuerdos me trae...
-¿Perdone? ¿Ocurre algo
con Gäel... o no?
La mujer me dio la
espalda, caminó unos cuantos pasos y se detuvo frente la encimera
que había en aquella habitación. Apoyó las manos encima de ésta
y, por fin, consiguió articular el resto de lo que tenía que decir.
-Veo... que, aquellos a
los que les corre sangre de Reimon por las venas, están destinados a
hacer grandes estupideces... o grandes acciones. Hahaha...
¡Hahahahaha!
Había estado en silencio
todo ese tiempo y ni si quiera me digné a exigir algún tipo de
aclaración, aún así de no haber terminado de comprender nunca lo
que decía aquella mujer. Sin embargo, decidí marcharme sin más. No
había mucho tiempo que perder y, además, al haber caído la noche
lo más probable es que se hiciera mucho más difícil el poder
encontrar al resto.
Una vez en la calle,
escuché una vez más cómo aquella señora me gritaba para que me
detuviera.
-¡Ey, tú! ¡Una cosa
más!
-Aaaaarrgh... ¿¡y ahora
qué!?
-Los carteles de “SE
BUSCA” y el mismísimo imperio dirán lo que quieran, pero tus ojos
no me engañan.
-¿A qué se refiere?
Aquella mujer volvió a
sonreír y terminó de darme la charla.
-Por muy renegado que
seas... tienes la misma mirada que tu amigo y su padre. No eres
ningún asesino ni ningún perro sin collar del imperio que se dedica
a sembrar miedo en el mundo entero... No, tú no eres así...
Aquella información no
me resultaba desagradable, pero el tiempo apremiaba y, en aquel
preciso instante, no consideraba de gran relevancia lo que me decía.
Con ésto, procedí de nuevo a seguir a mis compañeros de una vez
sin decirle nada, pero aquella mujer parecía no querer dejarme
marchar nunca.
-¡Es más... ! - Me
detuve en seco pero ni me molesté en volverme sobre mis pasos, por
si me decía otra tontería - Si no fuera porque creo que sería
imposible, diría que eres el mismísimo hijo de John Kartia.
No pude seguir mi camino.
En decir aquello, aquella señora tocó una fibra que paralizó mi
cuerpo por completo... una fibra que nadie debía de tocar. Sin
embargo, decidí no darle importancia. Miré hacia arriba, respiré
hondo e hice una de las cosas que mejor se me ha dado siempre:
Hacerme el tonto.
-Y... ¿quién es ese
fulano?
-John Kartia... junto a
George J. Reimon, el padre de tu amigo... los dos juntos hicieron
mucho por Vregardia hace tiempo.
Un pequeño y apacible
silencio pareció abrazar el mismísimo tiempo, haciendo que éste se
detuviera durante un eterno instante, cuyos segundos aparentaron ser
siglos. Mientras, el viento y las nubes cubrían poco a poco aquella
noche que parecía presentar claros presagios de lluvia.
Yo, aún sin girarme
hacia ella e intentando mostrarme lo más impasible posible, terminé
aquella conversación con toda la indiferencia que pude aparentar.
-John Kartia... - Mantuve
apenas un segundo o dos entre frase y frase - Lo siento. Ni me suena
su nombre ni, evidentemente, soy su hijo...
Al decir ésto, por fin
pude encaminarme a buen ritmo, intentando que no me flaquearan las
piernas debido al sobresalto emocional que resultó ser en verdad la
mención del nombre “John Kartia”.
Una vez habiéndome
mentalizado, comencé a correr dispuesto al fin a encontrar a Gäel,
Karl y Nessa, pero la oscuridad de la noche impedía en gran medida
mis intenciones. La luna, de nuevo en su cuarto menguante, se veía a
duras penas filtrada a través de las nubes, por lo que ya os podéis
imaginar que la visibilidad era casi cero en la inmensidad de aquel
bosque. Pero, con suerte, al cabo de un rato, buscando en mitad de la
oscuridad, escuché unos ruidos violentos hacia el este según la
posición donde me situaba. En escuchar aquellos golpes y un gran
estruendo, seguido de un potente temblor, no dudé ni un segundo.
Salí de las cercanías de lo que era la villa en sí, me adentré en
el bosque y fui corriendo en dirección donde mis sentidos me
señalaban.
Temía desorientarme al
hacer caso tan solo de mis oídos como referencia. Además, al poco
de ponerme a correr, los ruidos que indicaban violencia se
detuvieron, por lo que ya no supe si seguir en la misma dirección o
intentar algo distinto. Pero, a pesar de eso, al cabo de unos minutos
logré localizar dónde estaban mis acompañantes y los alcancé. Al
verlos de cerca, vi a Nessa echándose las manos a la cabeza, de
espaldas a los otros dos. Tanto Gäel como Karl estaban jugando a
“piedra, papel y tijeras”... algo extraño, no en ellos, sino en
la circunstancia. Y, finalmente, al fondo podía ver también a los
cuatro indeseables que habíamos visto aquella misma tarde,
sonrientes y cruzados de brazos.
Ver aquella absurda
situación hacía que se me desencajara la cara de perplejidad y
asombro. Me podía imaginar el motivo que tendrían aquellos dos para
hacer lo que estaban haciendo, pero quise asegurarme preguntándole
directamente a Nessa.
-Eh... Nessa, ¿qué se
supone que hacen?
-¡Dios! ¿¡Es que no lo
ves!? ¡Están jugando a esa pantomima para ver quién de los dos se
enfrentará al del bate! - Nessa terminó de taparse la cara por
completo con las manos - ¿Por qué tienen que ser los dos tan
imbéciles?
Karl intentó defenderse.
-¡Eh! ¡Que los dos le
tengamos la misma tirria al cerdo del bate y sea al que más ganas
tenemos de cruzarle la cara, no quiere decir que... !
En ese momento, Gäel
sacó tijeras y Karl papel. Karl, con una cara completamente
descompuesta, no pudo terminar de decir lo que estaba diciendo y,
soltando un grito repleto de rabia, empezó a maldecir la suerte de
Gäel, mientras éste reía como aquel que ríe por haberle robado un
juguete a un niño.
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