22 abr 2012

Capítulo 40: -El temor de todo un pueblo-

La noche ya había llegado y, en menos rato del que nos esperábamos, la mesa se fue llenando con cantidades ingentes de comida. Una mesa alargada, llena de cientos de platos, no literalmente, con sus respectivos alimentos... desbordando hasta la última esquina del tablero, ofreciéndonos comida para comer durante días enteros.
La luz de dos enormes candiles, colgados del techo, encima de cada punta de la alargada mesa respectivamente, iluminaba de forma elegante aquellos alimentos que, si ya parecían gustosos de por sí, los caracterizaba como los más exquisitos manjares y los hacía capaces de dejar como la más asquerosa bazofia a lo mejor que se podría haber llegado a ofrecer en los banquetes de las mejores y más elitistas cortes monárquicas de antaño... aunque también creo que debería incluir a semejante parrafada que nuestros estómagos llevaban sin echarse ni una sola cosa desde la hora del desayuno, o al menos creo recordarlo así.

-¡Que os aproveche! ¡Ni se os ocurra dejar nada en los platos!

La madre del tal Miquelangelo nos sonreía con gran entusiasmo. Anteriormente, me había parecido entender por su parte que no tenía un gran interés en tener a tantos invitados... y, sin embargo, mostraba su cara más placentera al haber hecho tal cantidad de alimentos para tantas personas.
Nessa, al escuchar salir de su boca tal advertencia, se echó a reír y le comentó una de las mayores verdades de este mundo, a la hora de tratar con nosotros y la comida.

-¡Hahahahaha! ¿Con éstos aquí? Ni te molestes... ¡van a lamer los platos!

-¡Más les vale, hija!

Rieron juntas mientras nosotros tres mirábamos, embobados, dejando caer, prácticamente, ríos de saliva por la boca.
Los niños, que parecían estar menos traumatizados y convalecientes, no mostraban mucho interés en querer comer, pero enseguida pusieron las manos sobre los platos y comenzaron a echarse, lentamente, algo de comida a la boca.
Al poco de habernos sentado todos juntos para empezar a comer, bajó a la planta baja una chica, que sería unos cuantos años más joven que nosotros... incluso, que los tres muchachos que acabábamos de conocer.

-¡Hola, mamá! ¡Ya estoy aquí!

-¡Marie! ¿¡Qué te tengo dicho de salir de casa!?

-¡Venga, mamá! ¡Si solo ha sido un rato pequeño! Además, traigo más provisiones...

-Anda, venga. Siéntate y ponte a cenar, que acabo de poner la comida en la mesa.

Al acabar de bajar las escaleras, la chica, de cabellos rubios, rizados y algo cortos, comenzó a quitarse un abrigo y lo dejó en la encimera de aquel comedor junto a una gran bolsa llena de comida, mientras se paró a mirarnos.

-Vaya, no sabía que íbamos a tener invitados...

-El idiota de tu hermano, que nos trae a todo un ejército sin avisar...

Entonces, el tal Miquelangelo se dispuso a contestar ante el reproche de su madre.

-¡Mamá! ¡Ya te dicho que... !

-¡A callar y a comer!

Nessa levantó la cabeza del plato y se dirigió hacia ella.

-Disculpe, pero... ¿molestamos?

-¡Hahahaha! ¡No, hija, no! Lo que pasa es que este inútil que tengo por hijo siempre me hace lo mismo. Trae a la gente sin decirme ni media palabra y yo, como comprenderás, prefiero saber en todo momento qué gente va a poner un pie en mi casa.

Seguimos comiendo con total naturalidad. Gäel, Karl y yo comíamos sin cesar... más que una cena normal y corriente, parecía una competición para ver quién comía más. De vez en cuando, nos mirábamos con ahínco y nos poníamos a comer con más énfasis.
Tras un rato de conversaciones varias en las que los temas fluyeron sobre diversas índoles, acabó por salir el tema de lo que estaba pasando en aquel pueblo. Nos contaron que, desde que pasó “un hombre” (supuse que era Ox) buscando Piedras Elementales, y diciendo que sabía que en aquel lugar tenía que haber alguna, sus subordinados habían hecho lo que querían con la villa y con sus gentes. Les robaban la comida que tanto les costaba conseguir y todo aquello que veían oportuno... y quien se atreviera a cuestionarles, sería asesinado. Nos comentaron que los padres de aquellos niños que fueron agredidos aquel mismo día, fueron los primeros, y últimos, en rebelarse... y también en morir, ya que, desde que se asentaron en Vregardia, nadie más osó poner en entredicho nada de lo que dijeran o hicieran. Nuestros anfitriones dijeron que poseían una fuerza fuera de lo común y estaban especializados en matar a las personas como si nada. El miedo se apoderó de aquel pueblo, y, por eso mismo, todo el mundo tapió puertas y ventanas hasta los topes, encerrándose para tan solo salir, a escondidas, para buscar comida y bienes necesarios. Aquella historia casi deja sin hambre a más de uno, quitándonos a nosotros tres, quienes seguíamos comiendo sin parar, aunque escuchando con total atención.
Dejaron de hablar de aquello y todos siguieron comiendo en silencio durante unos cuantos minutos. Al cabo de un rato, acabó por surgir un tema que, tarde o temprano, sabía que tendría que salir.

-Así que... - La dueña de la casa se dirigió a mí - ...tú eres el renegado que dejó Dracoon y parece estar dándole tantos problemas al imperio... ¿no?

-Mamá... no creo que ese tema sea el mejor para hablar en la mesa... - La menor de sus hijos quiso convencerla de no seguir hablando.

-Da igual, Marie... mírale. Si, en el fondo, yo sé que no puede ser tan peligroso como lo pintan. Es tan solo un chico, como cualquier otro... con sus problemas y sus cosas normales de los jóvenes de su edad... ¿me equivoco?

Dejé de comer y, una vez masticado y tragado el último trozo que me quedaba en la boca, le contesté.

-Bueno... más o menos.

No me di cuenta, pero Gäel había terminado de comer y se había quedado mirando el plato... como si meditara sobre algo. Mientras seguíamos hablando, Gäel se levantó y se dirigió hacia la puerta, la que supuestamente daba a la calle. Se detuvo frente a ella, puso una mano sobre ésta y se quedó completamente quieto. Nessa se extrañó y le preguntó si le pasaba algo. Al segundo, golpeó con el puño la puerta y, de un solo y potente golpe, la hizo añicos. Se nos desencajaba la mandíbula... no nos creíamos lo que estábamos viendo.
La dueña de la casa se levantó enfurecida y se dirigió hacia él gritando.

-¡¡Pero... !! ¿¡¡Qué te has creído que haces!!?

Gäel, sin girarse si quiera, le contestó con total naturalidad.

-Encerrados como ratas en una mísera madriguera, por culpa de cuatro inútiles víboras carroñeras que se han apoderado de lo que es vuestro... ¿a ésto le podéis llamar “vida”? - La señora se sorprendió de lo dicho y pareció tranquilizarse un poco - No os preocupéis por la puerta... ya que, a partir de ahora, no volveréis a necesitar de algo que os oculte ni os proteja. ¡Voy a quitarles las ganas de joder a un pueblo entero para el resto de su vida!

En decir la última palabra, Gäel salió, sin ningún tipo de prisa, de aquella casa.

2 comentarios:

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  2. Hola Vidaaal!
    Aquí me paso con mi nuevo bloG! sigueme! :)
    http://eldiariodereimi.blogspot.com/
    Ya que tuve problemas con el otro y ayer lo solucioné…
    cuando pueda haber si meempiezo a leerme tu historia ^^
    Un Saludo!

    Reimi.

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