22 abr 2012

Capítulo 39: -Madre-

Había pasado ya un buen rato desde que trepamos por el tronco hasta el segundo piso de aquella casa.
Los tres amistosos individuos, que nos habían invitado a subir a aquella casa para poder curar al pequeño muchacho que estaba ahora al cuidado de Nessa, hacía ya un buen rato que salieron por la puerta de la habitación en la que nos encontrábamos y no dieron señal de vida alguna en ningún momento a partir de entonces.
Karl y Gäel discutían el uno con el otro sobre lo que había ocurrido hacía un rato con aquellos cuatro matones de tres al cuarto y debatiendo sobre la posibilidad de que siguieran todavía por la zona, cercándola para encontrarnos o cosas por el estilo.
Todo ésto pasaba mientras yo miraba embobado a Nessa y su increíble destreza para tratar al chico, sin ni si quiera tener un ápice de conocimientos médicos. Sorprendentemente, Nessa estaba haciendo un gran trabajo al cuidar de él, ya que, con tan solo sus manos, consiguió cauterizar la herida de su ceja y calmar toda zona hinchada o inflamada. Fue entonces cuando recordé aquello que dijo de “aprovechar las ventajas en las determinadas circunstancias”. La verdad es que no le iba lo de “tirarse el moco” ni dárselas de importante... Nessa presumía porque podía. Sabía manipular la presión y la temperatura hasta tal punto que podía enfriar su propio cuerpo como un témpano y utilizarlo a modo de anti-inflamatorio o, incluso, cauterizador. Era para sorprenderse, sin duda.
Por fin el muchacho parecía tener un mejor aspecto y Nessa respiró aliviada. Al ver la mejoría, Gäel se acercó a ella.

-¿Cómo va?

-Lo más difícil ha sido enfriar los dedos hasta el punto de poder quemar poco a poco la herida e ir cerrándola... Le quedará una buena cicatriz. Hasta ahora no había hecho nada parecido, pero, a parte de eso, calmar la hinchazón ha sido bastante fácil - Nessa hablaba mientras se secaba el sudor de la frente.

-Buen trabajo... “doctora”.

Estaba claro que Gäel decía ésto último en broma, haciendo referencia a la gran habilidad que había demostrado en detener aquel sangrado y demás... sin embargo, la ironía, al menos esta vez, no iba dirigida a ella como una sátira burlesca... sino como una especie de elogio. Por mi parte, no parecía comprender del todo aquella gratuita y extraña muestra de humor. Pero, al ver como él, tras ésto, se le acercó para darle un beso y ella le respondía con la más sincera de sus sonrisas, pude observar... mejor dicho, pude sentir cómo parecía comprender una pequeña parte de un mundo desconocido, en su mayoría, casi por completo para mí. Era raro... pero al verlos a los dos en aquella imagen tan tierna, siempre acostumbrado desde hacía años a haber visto odio, tristeza, angustia, rencor, sangre, sufrimiento, apatía, locura y desesperanza... aquello despertaba en mí algo que no sentía en muchísimo tiempo, por muy extraño que pareciera.
En un momento dado, oímos un gran golpe. No era un ruido muy normal que digamos... más bien parecía como si hubieran estrellado un plato de orquesta contra el suelo o algo parecido. Extrañado, Karl salió al pasillo a ver qué es lo que sucedía, seguido por mí, ya que, si en algo me he tenido que parecer a mi difunta madre, era en curiosidad. Creo que he sentido siempre la imperiosa necesidad de saberlo todo en todo momento.
Una vez en el pasillo del primer piso de aquella casa (un pasillo que terminaba en la misma habitación por donde salíamos y daba comienzo en otra, que se encontraba al lado de unas escaleras que descendían... supusimos que hacia la planta baja), comenzamos a caminar lentamente, intentando hacer el mínimo ruido. Evidentemente, Gäel vino tras nosotros, también picado en curiosidad. Ambos, le dijimos que no hacía falta que viniera y que se quedara en la habitación con Nessa y los chiquillos. Sin embargo, nos respondió con un “¡Que os piquen! ¡Yo también quiero explorar!”. Decía aquello como si se tratara de un juego y, sabiendo cómo era Gäel, no nos merecía la pena intentar convencerle de nada, ya que iba a hacer lo que quisiera sí o sí.
Volvimos a escuchar otro golpe, esta vez aún más fuerte. Tanto era que casi retumbaban las paredes con aquel sonido. Aunque esta vez pudimos escuchar unas voces discutir.

-¡¡Aaaaayy!! ¡¡Deja ya de darme con la sartén!!

Sin lugar a dudas, era la voz del chico de la perilla... pero, en realidad, me daba igual quien fuera. Lo que me extrañó, en sí, fue... ¿sartén? ¿¡cómo que sartén!? Ya os podéis imaginar de qué iba todo ésto...
Conforme bajábamos aquellas escaleras, se le escuchaba quejarse sobre los golpes que recibía con mayor intensidad... hasta el punto en que nos quedamos en un punto de ésta donde se veía perfectamente a los individuos que discutían. Efectivamente, como ya había dicho antes, el chico de la perilla era el, digamos, “traumado”... quiero decir, el que estaba recibiendo más palos que una estera. La otra que había ante él y, en efecto, con una sartén en su mano, era una señora de apenas avanzada edad... podrían ser unos 40 años posiblemente, o eso dejaba ver su rostro, apenas mermado por la edad.

-¿¡Cuántas veces te tengo dicho que no me traigas a nadie, y menos siendo tanta gente, sin consultármelo!?

La señora, indignada y en jarras, balanceaba la sartén en su mano... como si en cualquier momento fuera a volver a la carga.

-¡¡Pero má!! ¡¡Necesitaban nuehtra ayuda!!

No podía ser de otra manera. Aquella mujer era la madre del muchacho de la perilla y la situación parecía ser que le estaba regañando debido a habernos colado a todos en su casa para ayudarnos.
Al oírle, la madre acometió de nuevo contra él con su sartén.

-¡¡Aaaayy!! ¿¡Me vah a dejar ya con la maldita sartén!? ¡¡Me vah a dejar tonto con tanto golpe!!

-¿¡Más de lo que ya eres!? Y... ¿¡qué te he dicho de hablar de esa forma!? - Volvió a pegarle, aunque esta vez de una forma algo más liviana, si se pudiera considerar así - ¡¡Miquelangelo, coñe!! ¡¡Que hables bien!!

En aquel momento, el chico, al parecer de nombre Miquelangelo, se quedo con las manos en la cabeza, mostrando una mueca dolorida, y con toda la razón del mundo, e intentando gesticular palabra. Sin embargo, parecía como si no se atreviese... y no me extraña, ya que, cuando éste lo intentaba, su madre le miraba con una intención en la mirada, como diciéndole un “¿Ibas a decir algo?”. Tanto era el miedo, por no decir terror, que infundía aquella mujer, que hasta los dos amigos del chico en cuestión se encontraban a unos cuantos metros de donde discutían madre e hijo, tiesos como un palo y sin articular un solo gesto, mirada o palabra.
Tras aquellos poco segundos de incómodo silencio en los que nadie parecía atreverse a decir nada, la mujer dio un grito al aire.

-Y, ¡¡vosotros, los de la escalera!! ¡¡Bajad!!

Dimos un tremendo respingo al momento en que la escuchamos gritar. No solo fue un grito demasiado repentino, sino que se refería a nosotros tres. Se había percatado de nuestra presencia sin ni si quiera saberlo nosotros.
Nos miramos con cara de extrema sorpresa, y, después de pensárnoslo un poco, acabamos por bajar lentamente... escalón por escalón. Una vez abajo, preferimos quedarnos a un par de metros de ellos y, tal y como habían hecho los otros dos del fondo, no nos molestamos en decir o hacer ni una maldita cosa... por si las moscas.
La mujer, mirándonos fijamente a los ojos sin apenas parpadear una sola vez, se fue acercando a nosotros y, al cabo de un momento, nos preguntó algo que no nos podríamos haber esperado de ninguna manera, al menos tras haber contemplado la escena que acabábamos de ver.

-¿Tenéis hambre?

-¿C-Cómo... ? - Preguntó Karl, sorprendido.

-Tendréis hambre, ¿no? Subid a por los que queden en la habitación, lavaos las manos y, en cuanto bajéis, ayudad a los chicos a poner la mesa... - Dio media vuelta y abandonó la estancia mientras terminaba de hablar - Veré qué puedo hacer con tanta boca que alimentar...

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